De regreso a mi pueblo natal, después del transcurrir de mis aventuras y desventuras en la capital, me sentía atrapada en un velo de nostalgia.
Este caserón encerraba mi pasado y mi presente, mis anhelos, alegrías y tristezas al convertirme de niña a mujer. Sentada en el salón principal, evocando los años de mi infancia miraba cada mueble, cada estante, cada mesa, como entretejiendo un diálogo, hablaba con ellos en mi mudez, eran mis compañeros, mis confidentes, pero en especial eran mis cómplices, allí recordábamos cuando el silencio se había acurrucado conmigo, tu recuerdo poseía mi alma y mi llanto se atragantaba por salir, y sus brazos me sujetaban en mi anhelo por buscarte en el vacío de mi ser.
Era el salón mayor de la casa, una construcción modernizada en el frio del cemento, pero barnizada con el aroma de la brisa del mar, allí se recibían las visitas, incluía unos muebles de madera de chachajo, un comedor para diez personas con sillas del mismo material, las camas, mesas, eran elaborados, por un carpintero llamado Don Bercenlao que había sido amigo de juventud de mi abuelo, el gran señor de la familia.
Me sumergí en la marejada de mis recuerdos, mirando cada silla, cada rincón de la sala, buscando una respuesta, sabedora de mi niñez, de pronto una ráfaga de viento con fragancia de atardecer marino, refrescó mi nostalgia, convirtiéndola en una tibia y estremecedora tristeza, como si esta me empujara hacia el lugar preciso, donde se recluían mis secretos y sueños de adolescente.
Me dirigí con pasos temerosos y entrecortados al balcón……. Y ahí estaba…diciente ante mis ojos, solo mi corazón en su pulsar arrebatado, podía sentir la emoción que se revelaba a hurtadillas en mi rostro……la ventana de la casa de enfrente. Mi ventana, era mía por que había sido cómplice de mis sueños e ilusiones y pasiones juveniles, era mía porque había ayudado a ocultar mis lágrimas tras sus barrotes…era mi ventana. Aquella ventana que se erguía imponente con su reja de hierro, hacia la invencibilidad del tiempo, acostumbrado a ser su amigo y testigo mudo de besos, citas,….mi ventana….con sus barrotes entretejidos y atravesando las fauces de mi pasado. Me quedé mirándola con fijeza, dándole vida con el calor de mis ojos y escuchando a lo lejos el eco galopante de los caballos en un día de mercado, cuando mi ventana se engalanaba, bajo su base con una tolda blanca como resguardándose de los rayos del sol, la ventana del frente, la ventana con su traje dominical de flores y trastos colgantes, con sabor a familia, a fruta fresca como beso robado.
Mi ventana del frente….fija en el tiempo y haciéndole venia al corrosivo de sus barrotes a manera de arruga, sirviendo de consuelo a la madera que la mantiene asida, como aliada, para no vencer tiempo…la tolda aún extiende su tela al viento, a manera de reverencia a la vida, las flores no sonríen, pues ya los enamorados no escriben poemas de amor en sus pétalos los trastes cubren su brillo con el despliegue del polvo que no deja ver ni sentir el sabor a familia, a paz, a unión …la prisa del viento se quedó en la gente, que corre ..para no vivir sino para estar sobre el vivir , los rayos del sol amarillean el atardecer y los árboles con sus follajes satinan de ternura nostálgica, acompañan la vejez de mi ventana….y una lágrima recorre acariciando mi rostro, estremecida por mí ….plasmando en mi corazón los rasgos vivientes de mi ventana……la ventana del frente.
Ymes/97.
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